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Esta es la última parte del artículo que comencé a traducir en este post.
Mientras que Sócrates correctamente advertía sobre los peligros de las sociedades encaprichadas con sus opiniones en la República de Platón, otros escritores antiutopistas modernos, como Huxley, Bradbury y Orwell, precisamente se equivocaron con el futuro de la Web 2.0. Mucho se ha extraído de, por ejemplo, de las asociaciones entre un buscador Google con sus cualidades de todo lo sabe y todo lo ve, y el Hermano Grande* de 1984. Pero el miedo de Orwell era la desaparición del derecho individual a la auto-expresión. Así, el gran acto de rebelión de Winston Smith en 1984 fue su decisión de tomar una pluma oxidada y expresar sus propios pensamientos.
La cosa que estaba a punto de hacer era comenzar un diario. Esto no era ilegal, pero si se lo detectaba era razonable suponer que se lo castigaría con la pena de muerte… Winston fijó una pluma al cuerpo y la chupó para quitarle la grasa… Sumergió la pluma en la tinta y luego vaciló por un segundo. Un temblor le corrió por sus entrañas. Marcar el papel fue el acto decisivo.
Sin embargo, en el mundo de la Web 2.0 el problema no consiste en la escasez de autores sino en su sobreabundancia. Ya que todos usarán los medios digitales para expresarse, el único acto decisivo será no marcar el papel. No escribir como un acto de rebelión suena estrambótico, como si se tratase de una pieza de ficción escrita por Franz Kafka. Pero una de las consecuencias no deliberadas del futuro de la Web 2.0 bien podría ser que todo el mundo sea un autor mientras que el público ha dejado de existir.
Hablando de Kafka, en la contraportada de la edición de enero de 2006 de la revista Poets and Writers, hay una publicidad seductora del estilo de la Web 2.0 que dice:
Kafka trabajó arduamente en el anonimato y murió sin un centavo. Si tan sólo hubiera tenido un sitio web…
Es de suponer que si Kafka hubiera tenido un sitio web este se hallaría en kafka.com, la que hoy es una dirección propiedad de un blog izquierdista un tanto chiflado llamado The Biscuit Report [El Informe Bizcocho]. La página principal del sitio cita algunas palabras escritas por Kafka en su diario:
No tengo memoria de las cosas que he aprendido, ni de las que he leído, ni de las cosas experimentadas u oídas, ni de las personas, ni de los eventos; siento como que no he experimentado nada, aprendido nada, que en realidad sé menos que un párvulo promedio de la escuela, y que lo que sé es superficial, y que cada sutileza está fuera de mi alcance. Soy incapaz de pensar deliberadamente; mis pensamientos se detienen como frente a un muro. Alcanzo a comprender la esencia de las cosas en soledad, pero soy incapaz de pensar coherentemente, sin trabas. Ni siquiera puedo contar una historia con propiedad; de hecho, apenas hablo…
Una de las consecuencia no deseadas del movimiento Web 2.0 bien podría ser que todos caigamos colectivamente en la clase de amnesia que describe Kafka. Sin una corriente dominante de crème-de-la-crème media, perderemos nuestra memoria de las cosas aprendidas, leídas, experimentadas y oídas. Las consecuencias culturales de esto son extremas, requiriendo la opinión autorizada de al menos un Alan Bloom, si no de un Oswald Spengler. Pero aquí en el Silicon Valley, al filo mismo de la era de la Web 2.0, ya no hay ningún Bloom ni ningún Spengler. Todo lo que tenemos es la gran seducción de los media ciudadanos, el contenido democratizado y las comunidades en línea. Y por supuesto blogs. Millones y millones de blogs.
FIN
*(tal como se traduce Big Brother en la primera versión castellana de 1984)
Una frase de Norberto Firpo:
Asimismo, son nutridas las legiones de argonautas virtuales que se reconocerían frustrados si la brisa catódica no impulsara su navegación por Internet.
Continúo con la traducción del artículo de Andrew Keen que comencé en este post
De todas maneras, la idea del progreso tecnológico inevitable es tan seductora que se la ha transformado en “leyes”. En el Silicon Valley, la más citada entre estas leyes, la Ley de Moore, establece que el número de transistores en un chip se duplica cada dos años, duplicando así la capacidad de memoria de las computadoras personales cada dos años. A un cierto nivel, la Ley de Moore es real y ha impulsado la economía del Silicon Valley. Pero existe una dimensión ética de la Ley de Moore de la cual no se habla: supone que el avance tecnológico es acompañado por una mejora equivalente en la condición del hombre.
Pero como Max Weber demostró tan convincentemente, la única ley de la historia verdaderamente confiable es la Ley de las Consecuencias Inesperadas.
Sabemos lo que ocurrió la primera vez que esto estuvo en el ruedo, durante el boom de las punto-com de los ‘90. Al principio hubo una profusión exuberante; luego la burbuja explotó; algunas personas perdieron mucho dinero; muchas personas perdieron algo de dinero. Pero nada cambió en realidad. Los grandes media continuaron siendo grandes media, y casi todo lo demás -con la excepción de Amazon.com e eBay- acabó atrofiado.
Sin embargo esta vez las consecuencias de la revolución de los media digitales es mucho más honda. Apple , Google y Craiglist están realmente revolucionando nuestros hábitos culturales, nuestro estilo de esparcimiento y la manera en que nos definimos a nosotros mismos. Los periódicos están en caída libre. Las cadenas televisiva, equivalente moderno de los dinosaurios, están siendo sacudidas por la aniquilación de comerciales de 30 segundos, hecha con TiVo, de la noche a la mañana. El iPod está socavando la multimillonaria industria de la música. Mientras tanto la piratería digital, permitida por el hardware de Silicon Valley y justificada por comunistas de la propiedad intelectual de Silicon Valley como Larry Lessig, está drenándole ingresos a artistas conocidos, estudios de cine, periódicos, sellos discográficos y compositores.
¿Es esto malo? El propósito de nuestra industria cultural y de los media, más allá de la necesidad obvia de ganar dinero y entretener a la gente, es recompensar el talento superior. La corriente dominante en los media lo ha logrado con marcado éxito durante el pasado siglo. Considere Vértigo, la obra maestra de Hitchcock, y un par de brillantemente dotadas piezas del mismo nombre, el libro Vertigo, del escritor anglo-germano W. G. Sebald, de 1999, y la canción Vértigo de la estrella irlandesa del rock, Bono, de 2004. Hitchcock jamás podría haber hecho sus complejas y onerosas películas por fuera del sistema de los estudios de Hollywood. Bono nunca se hubiera convertido en Bono sin el hipertrofiado y ejercitado músculo del márketing de la industria de la música. Y W. G. Sebald, el menos conocido de este trío de talentos, hubiera seguido siendo un oscuro profesor universitario si una editorial renombrada no hubiera tenido el buen gusto de descubrir y distribuir su trabajo. Los artistas de élite y una industria mediática de élite viven en simbiosis. Si se democratizan los media, se acaba democratizando el talento. La consecuencia no intencionada de toda esta democratización es, para citar incorrectamente al apologista de la Web 2.0 Thomas Friedman, el “achatamiento” cultural. No más Hitchcocks, Bonos ni Sewalds. Sólo el ruido de fondo de las opiniones -la pesadilla de Sócrates-.
Continúa en este post.
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